UNA DEFINICIÓN MÁS SOBRE LA VIDA



Es ese atardecer de carretera
que alcanza el parabrisas, da de frente
y echa a los ojos desde el sol poniente
un jarro deslumbrante de ceguera.

Es ese no saber qué curva espera,
qué muro puede alzarse de repente
durante ese segundo en que la mente
se ve existir como si no existiera.

Eso es vivir: ese letal segundo
en que parpadeamos y la muerte
podría estar ahí. Ser vagabundo

por una foto sin color e inerte
que tiene en el envés un nuevo mundo.
¿Allí es, Señor, donde podremos verte?


DATOS DEL POETA: Daniel Cotta Lobato nació en Málaga en 1974, aunque reside en Córdoba desde 2008. Es Licenciado en Filología Hispánica y ejerce en la actualidad como profesor de Lengua en el instituto Alhakén II de Córdoba. Aunque el género en que mejor respira es la poesía, ha publicado también novela, teatro y ensayo. 
En el campo de la narrativa, ha publicado tres libros: la sátira Videojugarse la vida (Funambulista, 2012), la novela histórica Verdugos de la media luna (Almuzara, 2018) y la novela infantil El duende de los videojuegos (Premium, 2019), que obtuvo el Premio de Narrativa Infantil y Juvenil de la Diputación de Córdoba en 2017. Ha cultivado la ciencia ficción en dos novelas, ambas publicadas en 2022: La luz superviviente (Premium) y Alma in vitro (Homo Legens). 
Como poeta, ha publicado Beethoven explicado para sordos (Diputación de Córdoba, 2016), Alma inmortalmente enferma (De Torres, 2017), Como si nada (Libros Canto y Cuento, 2017), Dios a media voz (Gollarín, 2019, pero reeditado por CTEA en 2024), ganador del Premio San Juan de la Cruz de Poesía Mística de Caravaca; El beso de buenas noches (Renacimiento, 2020); Alpinistas de Marte (Pre-Textos, 2020), ganador del Premio Internacional de Poesía Antonio Oliver Belmás; Alumbramiento (Adonáis, 2021); Donde más amanece (Fundación Rielo, 2022), ganador del 41º Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo;  y Aquí, entre nosotros (Númenor, 2025)
Como dramaturgo, ha publicado Amniótica (Libros Canto y Cuento, 2020), cuya adaptación por José Mateos ha sido representada en Jerez, Sevilla, Málaga y otros escenarios de la geografía española; y el auto sacramental Effetá, estrenado en la Mezquita en 2023 y representado en siete ocasiones más en Sevilla, Cádiz y Córdoba. 
Como ensayista, ha escrito en colaboración con Enrique Gallud Jardiel la obra humorística El arte a juicio (2021, Éride Ediciones), Te cuento y no acabo (Pie de Página, 2023), sobre curiosidades etimológicas del español; y la Historia secreta de la literatura española, en Almuzara (2025).


COMENTARIOLa poesía, en muchas ocasiones, no resuelve ninguna cuestión; más bien, plantea interrogantes. Como en este soneto de Daniel Cotta, el verso no nace para darnos una respuesta masticada o una moraleja reconfortante, sino para situarnos en el centro de una duda. Escribir y leer poesía es un ejercicio de incertidumbre donde el autor no actúa como un guía que conoce el camino, sino como alguien que comparte su asombro ante lo que no alcanza a comprender. En una sociedad que nos exige tener opiniones firmes y soluciones rápidas para todo, la poesía nos regala el derecho a dudar, a detenernos en la perplejidad y a reconocer que las preguntas más importantes de la vida son precisamente aquellas que no tienen una respuesta cerrada. Y esto es bello, incluso. Es lo que en el mundo del arte conocemos como el síndrome de Stendhal: ese instante en el que la belleza es tan abrumadora que el cuerpo tiembla, el corazón se acelera y la mente se nubla ante algo que nos supera, incluso haciéndonos derramar una lágrima o tambalearnos. Ocurre con este soneto, si lo pensamos, porque el poema no cierra una puerta; abre una ventana hacia lo desconocido. Y eso es abrumador y hermoso.

Si somos creyentes, si creemos en la otra vida, en un Dios que vence a la muerte, entonces, la respuesta parece evidente. Para quien vive desde la fe, la esperanza y el consuelo no son posibilidades remotas, sino realidades garantizadas. En ese marco, todas las preguntas que nos atormentan encuentran, en última instancia, un puerto seguro. Ante interrogantes tan desgarradores como ¿por qué sufre mi madre? o ¿por qué el mundo se desangra en guerras e injusticias?, la fe ofrece una respuesta que trasciende la lógica humana. Aunque el hombre sea libre para hacer el mal y nuestra condición mortal conlleve inevitablemente el dolor físico, la última razón de todo la sabe Dios. Sus decisiones pueden ser inescrutables para nuestra mente finita y limitada, pero la confianza en Su bondad infinita nos permite aceptar que Él conoce las respuestas que a nosotros se nos escapan. Creer es, precisamente, descansar en la idea de que nada sucede fuera de un plan de amor, aunque el camino actual esté lleno de curvas y sombras que no logramos descifrar.

¿Pero qué ocurre si no somos creyentes, si somos ateos? ¿Qué nos enseña el poema? Para quien no espera un mundo ulterior, el consuelo no está garantizado ni la esperanza reside en una promesa de eternidad. El ateo sabe que no tiene respuestas contundentes ante el dolor de un ser querido o la brutalidad de las injusticias que nos rodean; asume, quizás, que esas tragedias son "humanas, demasiado humanas", como diría Nietzsche, fruto del azar o de nuestra propia naturaleza finita y,  a veces, malvada. Sin embargo, este poema sigue siendo una lección interesante para ese lector ateo. Al despojarlo de la lectura religiosa, el "letal segundo" del que habla Cotta se convierte en una llamada de atención para pensar lo inevitable: si no hay un envés en la fotografía, entonces la imagen que tenemos delante es lo único que poseemos. El poema enseña al no creyente la belleza efímera del mundo y la necesidad de vivir lo ordinario como algo extraordinario. Si el parpadeo puede ser el último, cada curva del camino y cada rayo de sol en el parabrisas cobran un valor infinito. Amar el instante no es entonces una opción, sino la única forma de resistencia frente a la nada. ¿Y no habría que vivir así siempre, no habría que amar así siempre?

Independientemente de nuestra respuesta a la pregunta final del soneto, Cotta logra que nos miremos en el espejo de ese cristal deslumbrante. La fotografía de nuestra vida puede parecer "inerte" si la vivimos con el piloto automático, pero se llena de significado cuando aceptamos nuestra fragilidad. Para el creyente, el Domingo de Resurrección es la victoria de la luz de un Dios que espera al otro lado del muro.

Sin embargo, desde una óptica atea, la respuesta puede ser igualmente poderosa a través de la figura de Nietzsche. Este filósofo intuye un "Mesías" que resuelve la tragedia de la vida y de la muerte otorgando al cotidiano devenir lo que tradicionalmente se ha vinculado con lo divino: la eternidad. Con su pensamiento abismal del Eterno Retorno, Nietzsche preconiza un hombre nuevo, verdaderamente libre, que ya no requiere el consuelo de religión alguna ni supedita su vida a una realidad suprasensible. Pero atención: tampoco la concibe como un camino hacia la nada. Desde esta visión del instante eterno, la trascendencia no está en un "más allá", sino que la llevamos con nosotros aquí mismo y para siempre. Así, el "letal segundo" del poema no es el final de la foto, sino el momento en que el hombre decide que ese instante es tan valioso que desearía vivirlo una eternidad de veces. "Sí, quiero", dice el hombre nuevo que defiende Nietzsche.

En última instancia, el lector de un poema no tiene la obligación de contestar al interrogante que el texto plantea. Leer poesía no es resolver un examen ni descifrar un enigma con una única solución válida. De hecho, la grandeza de este soneto de Daniel Cotta reside en que nos invita a aventurarnos en las respuestas posibles sin necesidad de elegir una de forma definitiva. Aceptar esta incertidumbre es, quizás, la mayor enseñanza que podemos extraer. En una sociedad que nos exige certezas absolutas y dogmas de consumo rápido, aprender a mantener la duda y la inquietud es un ejercicio de madurez. Estar vivos supone convivir con una posibilidad constante de la muerte. Reconocerlo no es ser pesimistas, sino ser conscientes de nuestra propia intensidad. Al final, no importa si buscamos al Señor en el envés de la foto o si encontramos la eternidad en el eterno retorno de Nietzsche; lo que importa es que el poema nos ha obligado a soltar el volante de nuestras certezas para aprender a navegar en la belleza de lo que no sabemos. La duda no es un vacío, es el espacio donde ocurre la vida.

Agradecemos a Daniel Cotta su envío, ya forma parte de La Voz de la Poesía.


ACTIVIDADES:

  • Inventa otro título posible para el poema. Justifica tu elección.
  • ¿En qué verso exacto el poema deja de ser una descripción de un viaje en coche para convertirse en una meditación sobre la vida?
  • ¿Por qué crees que el autor elige una "fotografía inerte" para representar la vida cotidiana?

  • En el segundo cuarteto, Cotta dice que la mente "se ve existir como si no existiera". ¿Te ha pasado alguna vez que, ante un susto o un momento de gran belleza, te sientes como si fueras un espectador de tu propia vida? Explica esa sensación. 

  • Si la vida fuera una foto, ¿qué frase escribirías tú en el envés para tenerla siempre presente?
  • Para ti: ¿es la duda un signo de debilidad o de inteligencia? ¿Por qué nos asusta tanto no tener respuestas?

  • ¿En qué se parece nuestra trayectoria escolar o personal a esa "carretera de curvas" donde no sabemos qué hay detrás de la siguiente? ¿Qué es lo que más te asusta de no saber "qué muro puede alzarse de repente"?

  • Si supieras con certeza que hoy es ese el último día de tu vida, ¿cambiaría en algo tu forma de tratar a las personas que tienes cerca? ¿Por qué solemos vivir como si el parabrisas nunca fuera a deslumbrarnos?
  • El texto menciona el síndrome de Stendhal como una reacción física (temblor, mareo, lágrimas) ante una belleza que nos supera. ¿Crees que la belleza, cuando es verdadera y profunda, puede llegar a ser dolorosa o aterradora? ¿Por qué crees que el ser humano reacciona con síntomas de debilidad (mareo, llanto) ante algo que es, en teoría, hermoso? ¿Has sentido alguna vez algo parecido, tal vez, ante un paso de Semana Santa; tal vez, frente a un paisaje, una obra de arte o ante una persona de carne y hueso, pero que más bien sería una diosa?
  • Explica con tus palabras la diferencia entre el "consuelo del más allá" y la "trascendencia del instante" de Nietzsche.

  • El comentario menciona que el hombre es "libre para hacer el mal". ¿Crees que esa libertad es necesaria para que la vida tenga sentido, o preferirías un mundo donde Dios (o el destino) nos obligara a ser siempre buenos?
  • Deja un comentario más abajo, si te apetece.

Comentarios