MI VECINA MARÍA DOLORES
Mi vecina María Dolores tiene ochenta y nueve inviernos, ochenta y nueve como mi generación pérdida y unida en la pérdida, reventándonos contra la despreocupación de un domingo en la resaca; ciudad de vacaciones, error y destino que ya sólo reciclo una vez al mes. Mi vecina María Dolores, se levanta justo a la hora en la que mi tío no recuerda como ha vuelto y el sol ni asoma en la nuca de los agricultores de Detroit. Ella, que nunca ha salido del Realejo como si fuera de Triana o como si la palabra República no fuera lenguaje de banderas, todas las mañanas a grito de afilador da los buenos días a su perro — pequeño negro canguro — de un ladrido tan agudo que es kryptonita para mi acufeno, herencia genética como es la alergia al metal. Me despido de María Dolores cuando paso días fuera y el día que me fui a Roma recordó su viaje al Vaticano, justo antes de preguntarme si ahora no tenía novio o no...