18 GALLETAS



Hace más de un millón
y medio de años,
en un lugar llamado Dmanisi,
ligeramente al sur
de Tiflis –capital de Georgia–
un hombre fue a morir
sobre un lecho de tierra
que quiero imaginar verde y porosa.
Se saben de aquel hombre
apenas dos detalles que el azar
travestido de fósil nos legó
en la curva molar de su mandíbula.
Se trataba –esto es seguro– de un anciano,
como tú, papá,
pero también como yo
pues frisaba a lo sumo los cuarenta.
No poseía dientes –¡La gran revelación!–
y sin embargo sabemos
por notables arqueólogos
que consiguió vivir –limpia la encía,
desdentada– un tiempo no menor.
El único sentido, el más sublime,
de esta historia de barro que te cuento
nos lleva a concluir que estamos
ante el hombre primero que alumbró
la compasión ajena,
el primer homínido degradado,
inútil, inservible
que recibió el amor de una comunidad.
Porque alguien, papá, tal vez agradecido
por quién sabe qué avatares
de fuego, de sequía y precipicio,
masticó veinte, cuarenta, cien veces
las hebras secas de un animal remoto
e introdujo el engrudo salvador
en la boca del viejo para así
mantenerlo a su lado
otro ciclo de luna.
Es por eso, papá, –solo por eso–
que yo cada mañana te migaba
dieciocho galletas
en leche hervida. Porque el amor
se hereda a través de los siglos
como se hereda una casa
o una deuda ancestral –así la mía–
por quién sabe por qué avatares
de fuego, de sequía y precipicio.

DATOS DEL POETA: Alejandro Pedregosa (Granada, 1974) es licenciado en Filología Hispánica y en Teoría de la Literatura por la Universidad de Granada. Destaca como uno de los autores andaluces contemporáneos más sólidos y versátiles, combinando una reconocida trayectoria en la narrativa con una voz poética muy personal.

Su carrera literaria comenzó con fuerza al obtener el Premio de Novela Corta José Saramago (2004) por Paisaje quebrado. Dentro de su producción narrativa y de relato breve sobresalen:

  • Novelas de corte social, criminal y realista como Un extraño lugar para morir (2010), A pleno sol (2013), Hotel Mediterráneo (2015), Siempre es verano (2022) y Comadrejas (2024).

  • El libro de relatos O, galardonado con el Premio Andalucía de la Crítica en 2018.

  • Biografías divulgativas de mujeres clave de la cultura española, como María Moliner (2023), Carmen de Burgos (2024) y María Goyri (2025-2026).

En poesía ha desarrollado una voz muy reconocible centrada en la memoria afectiva, la infancia, el duelo, la fragilidad de los vínculos y las relaciones entre padres e hijos. Entre sus poemarios para adultos destacan:

  • Los labios celestes (2007), obra por la que recibió el Premio Arcipreste de Hita.

  • Barro (2021), un libro profundamente autobiográfico marcado por la muerte de su padre.

  • Lo que sé de Whitney Houston (publicado recientemente en abril de 2026 por Editorial Cuatro Lunas). Este poemario da continuidad temática a Barro, pero aborda el duelo tras un suicidio desde una dimensión ficcional, mezclando la lírica con la reflexión filosófica (en diálogo con pensadores como Nietzsche o Primo Levi) y utilizando imágenes de enorme potencia sobre el cuidado colectivo y la compasión, como en su poema "No es verdad que las ballenas".

Además de su obra para adultos, cabe destacar su incursión en la poesía infantil con Álbum de familia, libro galardonado con el XIII Premio Internacional Ciudad de Orihuela de Poesía para Niñas y Niños en 2020.



COMENTARIO: Para este blog, los poemas no llegan cuando uno quiere, sino cuando uno puede soportarlos. A veces pasan semanas dormidos en una carpeta, esperando el momento exacto para abrirse como una herida o como una revelación. Y eso ocurre con el poema de esta semana, de Alejandro Pedregosa. Porque “Dieciocho galletas” no habla únicamente de un padre anciano ni de un hallazgo arqueológico: habla del instante exacto en el que comprendemos que la humanidad comenzó mucho antes del lenguaje, mucho antes de la escritura o de las ciudades. Comenzó cuando alguien decidió cuidar de otro que ya no podía valerse por sí mismo.

Vivimos en una época obsesionada con la productividad, con la velocidad y con la utilidad constante. Todo parece medir nuestro valor según aquello que somos capaces de hacer. Por eso este poema resulta tan profundamente conmovedor: porque pone el foco precisamente en quien ya no sirve para nada. Un anciano sin dientes, incapaz de alimentarse solo, “inútil, inservible”. Y, sin embargo, alguien lo sostuvo con vida. Alguien masticó por él. Hay algo casi insoportable en la ternura de esa imagen.

Este poema de Alejandro Pedregosa construye una de esas emocionantes revelaciones que parecen pequeñas y, sin embargo, contienen una verdad inmensa sobre lo humano. “Dieciocho galletas” parte de un hallazgo arqueológico real para desembocar en una escena íntima y cotidiana entre un hijo y su padre. El viaje que propone el poema va desde la prehistoria hasta la cocina de una casa cualquiera: desde un homínido desdentado hallado en Dmanisi hasta unas galletas desmenuzadas en leche hervida. Y en ese trayecto, lo que aparece es la compasión como fundamento secreto de la humanidad.

El poema se abre con un tono casi narrativo, cercano al relato científico: “Hace más de un millón / y medio de años…”. La precisión temporal y geográfica (“Dmanisi”, “Tiflis”, “Georgia”) dota al texto de una apariencia objetiva, documental. Pero muy pronto el poema abandona el dato para entrar en la imaginación y en la emoción: “quiero imaginar verde y porosa” la tierra donde aquel hombre fue a morir. Esa irrupción del yo poético convierte la arqueología en una experiencia afectiva.

Uno de los grandes aciertos del poema es cómo transforma un detalle aparentemente insignificante —la ausencia de dientes en una mandíbula fósil— en una revelación moral. El hallazgo no habla de biología, sino de cuidado. Si aquel anciano sobrevivió durante un tiempo sin dientes, alguien tuvo que alimentarlo. Alguien masticó por él. La humanidad comienza entonces no en la fuerza, ni en la inteligencia, sino en el gesto de ayudar a quien ya no podía valerse por sí mismo.

Hay un momento especialmente conmovedor cuando el poeta identifica a ese anciano prehistórico con su propio padre: “como tú, papá”. De pronto, los millones de años desaparecen. El poema se vuelve íntimo, familiar. También aparece una reflexión silenciosa sobre la edad y la fragilidad: aquel anciano tenía “a lo sumo los cuarenta”. La vejez prehistórica y la contemporánea se superponen, recordándonos que el cuerpo humano siempre ha estado expuesto al deterioro.

Me parece emocionante cómo el poema convierte un gesto doméstico —desmenuzar galletas en leche hervida— en algo casi sagrado.

Hay versos que contienen una verdad inmensa escondida bajo una aparente sencillez: “el amor / se hereda a través de los siglos”. Y quizá sea eso exactamente lo que somos. No solo descendientes biológicos de quienes vinieron antes, sino herederos de sus cuidados. Heredamos los miedos, las pérdidas y las heridas, sí; pero también heredamos la capacidad de inclinarnos sobre otro ser humano y sostenerlo cuando el cuerpo empieza a derrumbarse.
El núcleo emocional del poema está en esa imagen extraordinaria de alguien masticando alimento para otro. Pedregosa convierte un gesto primitivo en una ceremonia de amor. El “engrudo salvador” posee algo casi sagrado: gracias a él, el anciano puede permanecer “otro ciclo de luna” junto a los suyos. La comunidad humana queda definida no por la supervivencia individual, sino por la decisión de sostener a quien ya parece “inútil, inservible”. Frente a una lógica basada en la utilidad, el poema reivindica el cuidado.

La parte final produce un giro magnífico. Comprendemos entonces que toda la historia anterior era una forma de explicar otro gesto: el hijo que desmenuza “dieciocho galletas / en leche hervida” para su padre. El poema adquiere así una estructura circular y hereditaria. El cuidado recibido y transmitido atraviesa los siglos. La compasión aparece como una herencia más poderosa que la sangre o los bienes materiales: “el amor / se hereda a través de los siglos”.

Resulta muy hermoso cómo el poema repite al final la expresión “fuego, de sequía / y precipicio”. Esa reiteración enlaza el pasado remoto con el presente familiar. Las dificultades cambian de forma, pero los seres humanos seguimos respondiendo del mismo modo: cuidándonos unos a otros para resistir el miedo, el desgaste y la pérdida.

Porque cualquiera que haya cuidado a un padre enfermo, a una madre cansada o a un abuelo frágil reconoce inmediatamente esa mezcla de amor, rutina y tristeza silenciosa que se instala en el gesto del cuidador.

Es conmovedor cómo el poema desmonta la idea heroica de la evolución humana. No sobrevivimos porque fuéramos los más fuertes, sino porque aprendimos a acompañarnos. La verdadera inteligencia quizá no fue descubrir el fuego, sino permanecer junto a quien ya no podía cazar, correr o masticar. La civilización empieza ahí: en el gesto inútil y hermosísimo de quedarse.

El lenguaje del poema combina la precisión científica con una enorme ternura cotidiana. Conviven palabras como “homínido”, “arqueólogos” o “mandíbula” con otras profundamente domésticas: “galletas”, “leche hervida”, “papá”. Esa mezcla evita cualquier sentimentalismo excesivo y, al mismo tiempo, dota de profundidad simbólica a una escena mínima.

“Dieciocho galletas” es uno de esos poemas que obligan a mirar de otra manera los gestos pequeños. Porque después de leerlo, ya no hay nada insignificante en una taza de leche hervida ni en unas galletas deshechas lentamente por unas manos cansadas. Allí, en ese acto diminuto, sigue latiendo la historia entera de la humanidad.

Quizá por eso este poema emociona tanto. Porque nos obliga a mirar de otra manera esos actos diminutos que normalmente pasan desapercibidos. Preparar comida blanda. Esperar. Ayudar a beber. Permanecer cerca. Después de leer “Dieciocho galletas”, entendemos que en esos gestos aparentemente insignificantes se esconde, en realidad, la historia completa de nuestra especie.

Y quizá también comprendemos algo más incómodo: llegará un momento en que todos seremos, de una forma u otra, ese anciano de Dmanisi. Todos necesitaremos que alguien nos sostenga cuando ya no podamos masticar solos la dureza del mundo.

(Agradecemos a Alejandro Pedregosa (que ya forma parte de La Voz de la Poesía) y a Nani Escobar sus ganas de participar en este blog. Nuestra compañera ha sido la encargada de hacer el comentario, las actividades y recopilar los datos del poeta. )


ACTIVIDADES

  • El poema se titula Dieciocho galletas. Explica por qué crees que el poeta elige un título tan cotidiano para hablar de un tema tan profundo. Después, inventa otro posible título y justifica tu elección.
  • El poema plantea una idea muy concreta sobre cuándo empezó realmente la humanidad. ¿En qué momento crees que, según el texto, dejamos de ser simples animales para convertirnos en seres humanos? Copia y comenta los versos que apoyen tu respuesta.
  • El poema mezcla lenguaje científico (“mandíbula”, “arqueólogos”, “homínido”) con imágenes domésticas (“galletas”, “leche hervida”, “papá”). ¿Por qué crees que Alejandro Pedregosa une esos dos mundos tan distintos? ¿Qué efecto produce en el lector?

  • “El amor / se hereda a través de los siglos”. Reflexiona sobre esta afirmación. ¿Qué cosas heredamos emocionalmente de nuestra familia o de quienes nos cuidan? ¿Crees que también se heredan los miedos o las formas de amar?
  • Elige la imagen o el verso que más te haya impresionado del poema y explica por qué. Puede ser por su belleza, por su dureza o porque te haya recordado algo personal.
  • Muchas veces los cuidados cotidianos pasan desapercibidos: preparar comida, acompañar al médico, esperar, escuchar, ayudar a vestirse… Haz una lista de pequeños gestos de cuidado que ocurren cada día y que normalmente no consideramos importantes. Después, elige uno y escribe un breve texto poético o narrativo sobre él.
  • Busca información sobre el yacimiento de Dmanisi, en Georgia. ¿Por qué fue tan importante este descubrimiento para entender la evolución humana? ¿Qué añade el poema a la explicación científica?
  • Las “dieciocho galletas” terminan convirtiéndose en mucho más que comida. ¿Qué simbolizan dentro del poema? ¿Por qué crees que el poeta cuenta exactamente ese gesto y no otro?
  • Imagina que dentro de mil años alguien encuentra un objeto cotidiano de nuestra época: unas gafas, un móvil roto, una taza, una receta escrita a mano… Escribe un poema o un texto breve en el que ese objeto sirva para explicar cómo amábamos o cuidábamos a los demás.

  • El poema plantea una idea muy interesante: la sociedad suele valorar más la fuerza, la juventud o la productividad que los cuidados. Debatid en clase:

  • ¿Por qué se invisibilizan los cuidados? 

  • ¿Quién suele realizarlos? 

  • ¿Se considera “útil” a una persona anciana o dependiente en nuestra sociedad? 

  • ¿Cómo deberíamos tratar a quienes necesitan ayuda? 

  • El poema termina afirmando que el amor atraviesa los siglos “como se hereda una casa / o una deuda ancestral”. ¿Qué quiere decir el poeta con esa comparación? ¿Puede el amor ser también una responsabilidad o una deuda emocional?

  • Crea una imagen, collage, fotografía o dibujo inspirado en el poema. Puede representar:
  • Las manos que alimentan. 

  • La leche hervida. 

  • El anciano de Dmanisi. 

  • La idea de la compasión. 

  • La conexión entre pasado y presente. 

Después, explica en unas líneas cómo tu creación dialoga con el texto.

  • El poema nos recuerda que todos necesitaremos cuidados alguna vez. Escribe un texto breve que empiece así: “La humanidad empezó el día en que alguien…” Intenta continuar la frase relacionándola con alguna experiencia personal, familiar o cotidiana.
  • Deja un comentario más abajo, si te apetece.

Comentarios