LA VÍSPERA INCIERTA
LA VÍSPERA INCIERTA Volvió casi clareando a casa, como otras veces. Estaba algo aturdido de cerveza y los restos infelices de medio éxtasis tomado, con ella, al filo de las once. Sin quitarse los pantalones, sólo de medio cuerpo desnudo, se echó en aquella cama estrecha, dejando encendida la luz de la lámpara de estudio... No pensó en la música ni en la novela que estaba leyendo -ahí, sobre la mesa- ni en el día de sol que había concluido en aquella noche de música y de juerga. Sentía unas tremendas ganas de llorar y un extraño peso en el pecho. La vida era mezquina -sintió- y nunca llegaría a ningún sitio. Pasarían los días y crecería el tedio y como una piedra muy grande pesaría la rabia. Quería dar golpes a alguien, gritar, aullar, soltar el rencor por los dedos, la pena, la impotencia, la angustia, ese terrible peso, que le decía nunca, no, nunca, nada, jamás, desiste, nunca. Y entonces en ese instante en que el pecho crecía de desazón...