VOLVER AL DESIERTO
Volver al desierto. Para que no se me hunda la cabeza en el fango de mi almohada. Volver al desierto. A su nada tan antónima del vacío: ala de mosca, huella lagarta, penca azul de agave. Lanzarme sin mirar a su desquiciada paleta de luces candentes engendradas entre hikuris y palmas. Ese desierto que pare y entierra luz a todas horas. Estrujar su silencio y ahogar en él los gritos que no me atrevo a lanzar en esta habitación quebrada de angustia. Entregarme a la línea horizontal del horizonte -sedante, hermosa-. Una raya firme e innegable que pone límite -como conteniéndolo- al vómito desbocado, a la clavícula tiritante, a la respiración mínima. Volver al desierto para que me acune enterrada muy al fondo de sus montañas lilas. Para que me arañe hasta sangrar, hasta que la lengua me sepa a arena de tanto masticarlo. Volver al desierto para dirigir mi coronilla al cielo y mis talones a la tierra. Mirar a las cuatro, o a las sesenta y cuatro direcciones, y de tanto mirarlo, v...