18 GALLETAS
Hace más de un millón y medio de años, en un lugar llamado Dmanisi, ligeramente al sur de Tiflis –capital de Georgia– un hombre fue a morir sobre un lecho de tierra que quiero imaginar verde y porosa. Se saben de aquel hombre apenas dos detalles que el azar travestido de fósil nos legó en la curva molar de su mandíbula. Se trataba –esto es seguro– de un anciano, como tú, papá, pero también como yo pues frisaba a lo sumo los cuarenta. No poseía dientes –¡La gran revelación!– y sin embargo sabemos por notables arqueólogos que consiguió vivir –limpia la encía, desdentada– un tiempo no menor. El único sentido, el más sublime, de esta historia de barro que te cuento nos lleva a concluir que estamos ante el hombre primero que alumbró la compasión ajena, el primer homínido degradado, inútil, inservible que recibió el amor de una comunidad. Porque alguien, papá, tal vez agradecido por quién sabe qué avatares de fuego, de sequía y precipicio, masticó veinte, cuarenta, cien veces las hebras seca...